miércoles, 23 de mayo de 2012


Viajar con niños y el placer de caminar con tu hijo


Aunque cada día son más las ofertas de viaje dirigidas a las familias, aún hay muchos papás que renuncian a esta aventura con sus pequeños por la logística que ello conlleva. Sin ánimo de desbaratar distintos puntos de vista, me parece un auténtico error de esos que solemos cometer los adultos. El viaje, en los pequeños, incluso en los que aún no han rebasado los tres años de edad, incitan no solo a la aventura sino, también, al descubrimiento y, por tanto, al conocimiento. El viaje debería ser parte de su formación a la vida adulta. 

Por si esto fuera poco, la experiencia se convierte en una huella que puede favorecer y estrechar aún más los vínculos entre los distintos miembros de la familia. Por supuesto, habrá papás que se decanten por buscar establecimientos y hoteles con ofertas específicas para niños, ya sean menús o actividades diseñadas para los más pequeños (los hay que organizan talleres artísticos, de yoga, de recreo o deporte). Aunque no es la tónica general, cada día son más los empresarios de la hostelería que “entienden” y atienden a esta necesidad y solamente consistirá en buscar lo que mejor se adapte a nuestros gustos y necesidades.

Ahora bien, no es éste el tipo de viajes que personalmente me gusta. Aunque suelo investigar con antelación si existe menú infantil, no lo hago para pedirlo, llegado el caso, sino más bien para testar una actitud: la que entiende las necesidades de los pequeños con raciones menores y recetas adaptadas a sus exquisitos paladares sin llegar a las consabidas salchichas, hamburguesas y patatas fritas. Prefiero elegirles algún plato del menú que, a priori, intuyo que les puede gustar.

 Y, por supuesto, tampoco entiendo las vacaciones si tengo que dejar a los niños en la guardería del hotel como el resto del año. Si el viaje no es una experiencia, un estrechamiento y una apertura mental (para los papás igual que para los pequeños) no me merece la pena salir de casa. Ni que decir tiene que el cansancio puede hacer mella en esta civilización occidental estresada y acongojada, pero si no logramos deshacernos de él con quienes más queremos, nos deslizamos por derroteros peligrosos.

Obviando el asunto de la comida, también hay papás que encuentran un problema a la hora de los traslados. Algún amigo que otro me ha contado tremendas escenas de pequeños, normalmente tranquilos y educados, que mutan en una suerte de monstruos cuando se suben a un transporte público o se sientan en su silla del coche. Qué duda cabe que varias horas sin moverse no es del agrado de nadie (ni siquiera de un adulto), pero hay muchas actividades que podemos desarrollar con nuestros hijos durante este proceso. Hay que hacerles ver que ese tiempo es camino, es decir, es lugar para el disfrute, para la diversión y para la aventura y no una mera transición hacia otro espacio. Tenemos que aprovechar las horas apretadas en un coche o un avión para ayudarles a sorprenderse con la naturaleza alrededor y para estrechar vínculos. Una buena idea es contarles aquello que vamos a hacer no como una descripción del proceso (tipo ahora nos vamos o no llegamos) sino como algo novedoso y especial de lo que hay que disfrutar por el simple hecho de alejarse de la rutina. Aunque podemos llevarnos algunos cuentos para leer o mirar, resulta de mucho provecho proveernos de un cuaderno limpio en el que el niño vaya anotando sus impresiones de viaje, desde los lugares que frecuenta hasta las sensaciones que ha tenido. Podemos recopilar postales, hojas, fotos y recuerdos y pegarlos juntos en ese cuaderno. Luego nos servirá para continuar la aventura en casa.

Con estas pequeñas prácticas estaremos motivando su asombro hacia las maravillas de la naturaleza y un espíritu crítico que van a necesitar para moverse por este mundo tremendamente complejo que le estamos legando.

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Viajes Aristocráticos Actualizado en: miércoles, mayo 23, 2012
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